—¿Quién es San Cayetano, Laucha?
—¿Qué? ¿No sabés? Un santo que da laburo.
Rodrigo se quedó pensando un rato mientras los dos empujaban sus carros de cartonero calle arriba. Caminaban en silencio, acompañados sólo por el rechinar desvencijado y herrumbroso de las ruedas. La noche de Beccar era húmeda y fría. No había mucho tráfico –por suerte— y parecía haber más basura que nunca. Pero ellos no se fijaban en el olor. Ni en los vidrios rotos o las manos desnudas. No. Porque más basura era más cartones, unos pesos más, más comida para la casa. Mucha basura era una buena noticia. Rodrigo tenía nueve años; el Laucha, once.
—¿Mañana vas a entrenar?
—Obvio, fierita, ¿qué te pasa? Hay que meterle duro y parejo. Todos los días. Ya te dije –advirtió el Laucha— que alguna vez me vas a ver en la tele. Voy a reventar el Luna Park. Y de ahí no paro. Voy a ser campeón del mundo. Imaginate: el Héctor “Laucha” Acosta, campeón del mundo de peso mosca.
—¿Y cómo sabés que vas a ser mosca si sos pendejo todavía? Podés ser peso pesado.
El Laucha le dirigió una sonrisa filosa.
—¿No ves que sos huevón? Porque me lo dijo el Tizu, mi entrenador. Me dijo “pibe, vas a ser un peso mosca, pero mirá que tenés más futuro que Monzón, haceme caso y no hagás boludeces: entrená que la vas a romper. Y cortala con el pegamento y la birra, eso te va a matar” Y tiene razón. Me cuesta un huevo, pero estoy zafando.
El cargamento pintaba lindo esa noche. Los dos carros –el del Laucha era más grande— desbordaban. Y eso que todavía no habían llegado a la avenida. Pero a Rodrigo no le gustaba la avenida. Pasaban muchos autos, demasiados, y rápido. Y cuando los detenía el semáforo, en la esquina de ese bar raro con luces azules y verdes en la fachada, la gente los miraba con desconfianza detrás de los vidrios polarizados. Rodrigo veía miradas huidizas, gestos que parecían esconder aprehensión, un miedo que movía un prematuro rencor en su alma de chico. Los gestos a bordo de los costosos autos eran esquivos, breves. Los rostros nunca miraban de frente en esa zona de Beccar. Parecían esmerarse por no mirar. Pero miraban, y con algo que Rodrigo presentía como algo muy similar al asco.
Sin embargo su barrio, San Cayetano, estaba también en Beccar. Pero unas cuantas cuadras hacia el oeste. Allí los rostros miraban diferente; eran distintos. Muy distintos.
—¿Volvemos?— Rodrigo estaba cansado. Y no tenía ganas de ver miradas sesgadas detrás de vidrios oscuros, a bordo de fríos autos importados. Quería miradas familiares, olor a comida filtrándose hacia la helada noche desde las casillas de madera y chapa, cumbias villeras sonando en algún lado, pero cerca, siempre cerca.
—¿Volver? ¿Estás mal, vos? ¿Qué te pasa, maricón? Ni en pedo, en una noche así hay que meterle duro y parejo. Como en el boxeo.
Doblaron. Por la avenida avanzaban los autos, rápidos y monótonos como los días, las noches, las semanas, los meses. La primera cuadra fue algo magra; la vereda de enfrente, sin embargo, prometía un poco más, aunque era difícil ver bien la basura a través del río de autos veloces. Caminaban en fila india, pegados a la hilera de autos estacionados junto al cordón.
—¡No les des bola, Ro!— le gritaba el Laucha, desde atrás. Rodrigo caminaba con miedo, indeciso. –¡No seás boludo, vos seguí, no arrugués!— Rodrigo alzó una mano sucia, sin darse vuelta, con un gesto a mitad de camino entre el haber comprendido y el pedir que lo dejaran en paz.
Llegaron a la esquina. El grito del Laucha fue como una orden en medio del fragor de la batalla. El estrépito del río de autos amainó un poco. Luz roja.
—¡Crucemos ahora!
Rodrigo pensó preguntarle al Laucha por qué si San Cayetano era un santo que daba laburo, su padre no lo tenía. No de mozo, al menos, que era lo que le gustaba de alma: veinte cuadras al sur, y en ese preciso instante, su padre cartoneaba en otro barrio, más peligroso, menos aconsejable para un chico de nueve años. ¿San Cayetano daría laburo a algunos sí y a otros no? ¿Rezaría, como su padre a San Cayetano, la gente que iba oculta tras los cristales de los autos? ¿Trabajaría esa gente de lo que le gustaba de alma?
La avenida era ancha y ajena. El lapso de luz verde para peatones estaba calculado no en función de las necesidades de los peatones, sino de las urgencias de los autos. El hombrecito anaranjado comenzó a titilar cuando aún les faltaban una buena punta de metros para llegar a la vereda de enfrente. Rodrigo sintió que, esa vez, el hombrecito blanco había durado menos que lo usual. Se volvió; lanzó una mirada rápida y preocupada al Laucha. Éste miró el semáforo e, inmediatamente, hacia la amenazante hilera de autos que comenzaba a rugir exigiendo la luz verde, la avenida libre, la monótona velocidad de los días. El grito del Laucha sonó firme, pero despreocupado.
—¡Dale, huevón! ¡Metele que no llegamos!
Sucedió a pocos metros de la vereda. Un auto azul oscuro apareció súbitamente por la calle transversal y dobló por la avenida, buscando escapar de la luz roja que lo hubiera obligado a esperar el río de autos veloces. La frenada hizo un ruido idéntico al aullido de dolor de un perro y quedó marcada en el pavimento. El golpe fue brutal. El Laucha recibió el impacto del paragolpes justo a la altura de la rodilla izquierda, voló por un segundo cabeza abajo y, antes de caer doblado en el pavimento, golpeó sobre el capot. El parabrisas quedó astillado, el paragolpes (de plástico, con algo parecido a esponja por dentro) se quebró en el sitio del golpe, y el carro del Laucha quedó semidestruido, volcado cerca de él.
Unos cuantos rollos de cartón, de un metro de largo, rodaban aún hacia el cordón cuando el tipo, canoso, se bajó del auto agarrándose la cabeza. El Laucha estuvo inmóvil durante unos cuantos segundos. Cuando reaccionó, no paraba de gritar y retorcerse como una lombriz, agarrándose la pierna. Rodrigo no atinó a hacer más que acercar su carrito al cordón y agacharse junto al Laucha. Todo sucedía como en cámara lenta, como en las películas. Por unos cuantos segundos nadie hizo nada. Luego aparecieron la policía, los patrulleros, los silbatos desviando el tráfico, los curiosos, los eternos testigos que nada vieron, la ambulancia y hasta la intensa luz de una cámara de televisión, enfocando por momentos al Laucha, tirado en el pavimento y llorando de dolor, y por momentos a un vecino que protestaba por el escaso tiempo que daba el semáforo a los peatones para cruzar la avenida, mientras otro le respondía que acá el problema son los cartoneros, qué tienen que venir a joder el tráfico acá, no son capaces ni de ponerle un ojo de gato al carrito, si a la noche ni los ves desde el auto.
El Laucha sufrió fractura expuesta a la altura de la rodilla. La articulación se le hizo añicos. Rodrigo lo acompañó lo más que pudo durante esos días en el hospital. El dueño del auto les dio cien pesos, rogándoles que no le iniciaran una demanda, entiéndanme, chicos, no fue a propósito, además tengo problemas de trabajo. Rodrigo supuso que, quizás, ese tipo canoso también le rezaría a San Cayetano, aunque no entendía cómo un hombre con problemas de trabajo podía tener auto y darles cien pesos.
—¿Vos entendés, Laucha?
Pero el Laucha ya casi no hablaba, sólo estaba boca arriba, mirando fijamente el techo, con la pierna izquierda colgando de unos fierros. El médico había sido franco y directo ante la primera pregunta que pudo hacerle el Laucha, con lágrimas en los ojos.
—No, pibe. Lo lamento, pero ya no vas a poder boxear. Te van a quedar secuelas permanentes al caminar. Pero agradecé que quedaste vivo. La sacaste barata.
Cuatro años y tres meses después, el Laucha murió arrollado por un tren, cerca de la estación de Beccar. La autopsia reveló que en el momento del deceso estaba fuertemente drogado con vapores tóxicos emanados por la resina epoxi presente en ciertos pegamentos de reconocida marca, utilizados para pegar gomas, cueros, alfombras y láminas de fórmica, entre otras aplicaciones.
Alejandro Marticorena
24/06/04