Archive for the ‘Cuentos’ Category

BALANCE

January 17, 2006

La mañana era espléndida. 

Desde el décimo piso, la ciudad, extendiéndose enorme, inalcanzable, absurda. 

Edificios. Antenas. Smog. 

Y hacia arriba, el sol. El azul. El cielo. El infinito. Infinito, como su ahogo esa mañana, a esa hora. El reloj sucio junto a su muñeca cansada: 9:30 A.M. 

Volvió a apoyar su mano oscura de caricias en la baranda del balcón. Sentía ganas de un discurso. A la gente, allá abajo, cansada, apurada, absurda y tonta. 

Pero mejor no. Había tanto por crear. Decidió alzar el rostro. El sol lo abofeteó con besos quemantes. Sudó. Aspiró hondo. Los recovecos del pasado se inflamaron con la bocanada de aire rancio. Pero la ciudad, allá abajo, indiferente y ajena. Como dinero robado. Había tanto por crear. Se necesitaba demasiado para creer. 

Sudaba. Se arrancó la camisa-pijama. El fuego matutino lo envolvió con sedas de infierno. Sería mejor sacarse también los cortos pantalones olorosos. Sopló una brisa caliente. Como hirviendo, y una lágrima absurda le rodó hasta la comisura de la boca. Se preguntó el para qué de todo, el dónde de alguien, el por qué de sí. A lo lejos, el río de automóviles danzaba su arrastrosa situación estresada. Subió con la nube que ocultó el fogoso aliento solar por un minuto, y contó nuevamente las caricias. 

Cuando el sol volvió a aparecer, ardió, retorciéndose en una oración brusca, en una búsqueda ácida, en un ruego infortunado, en un ascenso vertiginoso. Se liberó un rato de las miradas que lo buscaban y sintió algo de paz. 

El balcón se humedeció, y se tornó amable. Se elevó. Despacio, cerró los ojos. Se aflojó en la inmensidad tosca, matutina y ciudadana. El balcón del décimo. Alguien gritaba. Pero suficientemente lejos. Sintió fresco. Viento. Alguien gritaba. 

Se fue aflojando. Volviéndose. Durmiéndose. Nadando. Soñando. Viviendo. 

Cayendo. 

 

Alejandro Marticorena 

13/2/88 

DESTIEMPOS

January 17, 2006

El hombre camina absorto por la calle oscura. Entrada la noche, sólo el recuerdo de los olores cálidos de la cena y de la voz de su hijo lo empujan a su casa y consiguen ganar la batalla que el cansancio había estado a punto de torcer hacia su lado, reteniéndolo extenuado en aquel mugroso banco de plaza. 

No hace frío, pero el hombre lleva las solapas del sobretodo levantadas. Camina sin la consciencia que en los días de lluvia ayuda a evitar charcos y baldosas flojas. Camina sin apuro pero sin demora. Camina casi sintiendo los olores de la cena; la voz de su hijo. 

A media cuadra de su casa, la barrera del tren y el sonido cantarín de la campanilla lo obligan a sacudirse eso que lejanamente podría asemejarse a la modorra. Se detiene junto a las vías, observándolas con un dejo de inhumanidad, posando sus ojos sobre la doble cinta de metal brillante como quien ya no espera nada. 

Entonces, algo indefinido lo hace levantar la vista. Y del otro lado de las vías se ve a sí mismo de pie, junto a su hijo. Ambos observan en dirección a los ruidos que presagian el próximo paso del tren. 

El hombre los observa fijamente. Su primera (y única) reacción no llega a ser asombro. Tampoco espanto. Los observa como quien estudia el resultado de una compleja ecuación. Prefiere pensar que el tren está a punto de pasar y que, tras su estrepitosa furia, las dos siluetas habrán desaparecido, junto con el tren, a la saga del viento. 

El tren completa su furioso paso de ocho vagones. Sin embargo, las dos siluetas están aún allí. Permanecen. Y ahora lo miran. El hombre no alcanza a ver sus ojos; la distancia no es el impedimento pero las luces tuercen la claridad por detrás de las miradas que no ve, pero observa. 

Bruscamente, el hombre advierte que es demasiado tarde. 

Ensaya unos pasos dubitativos hacia las dos siluetas inmóviles. Camina sin la consciencia que en los días de lluvia ayuda a evitar charcos y baldosas flojas. Camina sin apuro pero sin demora; la voz de su hijo es ahora un fantasma que lo convence más que el hambre, que el olor de una cena imprecisa. Los segundos se desangran en la calle oscura, y la inútil sensación del destiempo que se apoderó de su alma le impide advertir el tren que se acerca desde el lado opuesto. 

La bocina suena desesperada, tarde, irremediable. 

 

 

Alejandro Marticorena

19/7/2002 

LOS SOSÍAS

January 17, 2006

Luis entra a un comercio de venta de especias con la idea de adquirir un poco de tomillo y estragón, y un frasco de nuez moscada, de ésos apenas más grandes que un dedal.

El ámbito que lo recibe –un pequeño local, atestado de mercadería— está lleno de gente, y casi no hay espacio para moverse. Un largo mostrador se extiende como una suerte de columna vertebral del negocio que, a la sazón, parece más un pasillo sin salida que un local de venta de especias para cocina. 

Sin embargo, el silencio del sitio es casi sepulcral, roto apenas por los breves comentarios o acotaciones de las dos vendedoras que atienden al numeroso público (numeroso al menos para las dimensiones del local), y por los sonidos metálicamente rítmicos de la antigua caja registradora, ubicada en el extremo final del mostrador, al fondo del negocio. 

Luis, quien tiene algo más de cincuenta años de edad, se siente cansado, aunque ésa es la primera actividad de su día. De cualquier manera, se siente a la vez reconfortado por el intenso y penetrante aroma de las numerosas especias que allí se venden. Un olor dulzón, aunque picante y con reminiscencias algo agrias, exacerba su bulbo olfatorio trayéndole recuerdos de la infancia. 

En eso está –en los recuerdos de su infancia- cuando cree advertir la presencia de un rostro conocido. Sin sorpresa alguna toma súbitamente consciencia de que a dos metros de distancia está Gustavo, un amigo de la primaria al que nunca volvió a ver desde esa época. Pero el punto es que Luis lo ve tal como era cuando ambos tenían siete años. 

“Justo que me estaba acordando de mi infancia –piensa Luis— veo un pibe idéntico a Gustavo. O sea que la psicología humana –continúa— es como un complicado laberinto que influye a tal punto en las percepciones que las adapta a pensamientos o recuerdos, o a pensamientos sobre los recuerdos”. 

Luis sigue observando a Gustavo –que obviamente no debe ser Gustavo, sino un nene bastante parecido— y, otra vez sin sorpresa alguna, piensa en la notable sinonimia facial que los emparenta. Hasta ese mechón de pelo blanco cerca de la patilla derecha, por cierto. Luis lamenta no tener a mano una foto de la primaria (cualquiera, ya que en casi todas aparecían juntos) para comparar a ambos pibes. “Si yo creyese en brujerías pensaría que me acaban de hacer saltar hacia atrás en el tiempo”, piensa Luis, mientras una de las vendedoras le habla a la persona que acompaña a Gustavo. En eso, Luis mira al adulto que lo lleva de la mano. Es una mujer y, también en este caso, es sorprendentemente parecida a la madre (o al recuerdo que Luis tiene de la madre) de Gustavo. 

Si bien a estas alturas parecería que las coincidencias son demasiadas, Luis prefiere discurrir –sin sorpresa alguna— en torno a reflexiones varias, relacionadas con la estadística y las probabilidades de que, cuarenta y tantos años después, la genética humana reprodujese con notable exactitud los sosías de su amigo de la infancia y de su madre, en un mismo movimiento y por el mismo precio. O bien –como pensó Luis un par de minutos después, precisamente cuando Gustavo y su mamá se dirigían hacia el fondo del local para pagar— “mi percepción se halla condicionada por mis pensamientos recientes, que giraban en torno a mi infancia, sus sinsabores y, por qué no, sus alegrías”. 

“Y es lógico en ese contexto –se dijo a sí mismo—que yo crea ver en un pibe y en una señora el notable parecido con Gustavo y su encantadora madre. Es como cuando hace mucho tiempo que no vemos a alguien y, súbitamente, creemos cruzar a esa persona en la calle. Nos acercamos, casi seguros de saber quién es, pero recién cuando estamos apenas a un par de metros advertimos de pronto, con algo de vergüenza, que no es esa persona, sino alguien notablemente parecido, o que sencillamente a nosotros se nos hace parecido”. 

“Y es que el tiempo –continuó diciéndose a sí mismo Luis—va borrando en nuestra memoria los rasgos más finos y sutiles que distinguen a una persona de otra, y seguramente por eso los rasgos más burdos y evidentes nos inducen a veces a la confusión. Y en la zona gris que hace posible la confusión se ponen en marcha, seguramente, esos mecanismos de la psicología por los que vemos aquello que deseamos (o tememos) ver”. 

“Algo parecido pero a la inversa sucede quizás cuando conocemos un grupo de personas: suele pasar que dos tipos (o dos mujeres, lo mismo da) nos parecen sumamente parecidos, aunque a medida que va transcurriendo el tiempo y vamos profundizando la relación con cada integrante del grupo, llegamos a plantearnos cómo fue posible que fulano y mengano nos pareciesen tan idénticos, si en realidad no tienen nada que ver el uno con el otro.” 

En estos devaneos está Luis cuando un súbito cambio en la expresión y en el tono de voz de la empleada lo hacen volver a la realidad del tomillo, el estragón, el frasco de nuez moscada y la caja al fondo, señor, gracias por su compra. 

Gustavo y su mamá –aunque Luis sabe que no son, no pueden ser, Gustavo y su mamá— se han ido del negocio. Entonces se abre paso entre la gente y las bolsas con granos de pimienta negra y sal gruesa que parecen indicar el camino hacia la caja. Paga, y sale a la calle, sin abandonar un segundo las reflexiones relacionadas con Gustavo y su madre o, mejor dicho, con los notables parecidos entre Gustavo y su madre y las dos personas que acaba de ver en el negocio de venta de especias para cocina. 

Tan absorto va Luis que, cuando llega a la esquina y cruza la calle, no escucha ni alcanza a ver al camión Bedford modelo ’53 que no puede frenar a tiempo y lo arrolla. 

Luis muere en el acto, y una señora que acaba de presenciar el accidente alcanza a ver, antes de desmayarse, cómo un pequeño frasco de nuez moscada va rodando a los tumbos entre los adoquines, hasta chocar contra el cordón de la vereda. 

Una lástima. Si Luis hubiese conseguido cruzar la calle y llegar hasta el kiosco de diarios de la acera opuesta, como era su idea, hubiese comprado el Clarín y, seguramente con bastante sorpresa esta vez, hubiese visto que se trataba de un ejemplar del 20 de mayo de 1955 que, entre otros títulos de tapa, anunciaba un creciente malestar en las Fuerzas Armadas. 

Alejandro Marticorena

19/2/2001 

SAN CAYETANO

January 17, 2006

—¿Quién es San Cayetano, Laucha? 

—¿Qué? ¿No sabés? Un santo que da laburo. 

Rodrigo se quedó pensando un rato mientras los dos empujaban sus carros de cartonero calle arriba. Caminaban en silencio, acompañados sólo por el rechinar desvencijado y herrumbroso de las ruedas. La noche de Beccar era húmeda y fría. No había mucho tráfico –por suerte— y parecía haber más basura que nunca. Pero ellos no se fijaban en el olor. Ni en los vidrios rotos o las manos desnudas. No. Porque más basura era más cartones, unos pesos más, más comida para la casa. Mucha basura era una buena noticia. Rodrigo tenía nueve años; el Laucha, once. 

—¿Mañana vas a entrenar? 

—Obvio, fierita, ¿qué te pasa? Hay que meterle duro y parejo. Todos los días. Ya te dije –advirtió el Laucha— que alguna vez me vas a ver en la tele. Voy a reventar el Luna Park. Y de ahí no paro. Voy a ser campeón del mundo. Imaginate: el Héctor “Laucha” Acosta, campeón del mundo de peso mosca. 

—¿Y cómo sabés que vas a ser mosca si sos pendejo todavía? Podés ser peso pesado. 

El Laucha le dirigió una sonrisa filosa. 

—¿No ves que sos huevón? Porque me lo dijo el Tizu, mi entrenador. Me dijo “pibe, vas a ser un peso mosca, pero mirá que tenés más futuro que Monzón, haceme caso y no hagás boludeces: entrená que la vas a romper. Y cortala con el pegamento y la birra, eso te va a matar” Y tiene razón. Me cuesta un huevo, pero estoy zafando. 

 

El cargamento pintaba lindo esa noche. Los dos carros –el del Laucha era más grande— desbordaban. Y eso que todavía no habían llegado a la avenida. Pero a Rodrigo no le gustaba la avenida. Pasaban muchos autos, demasiados, y rápido. Y cuando los detenía el semáforo, en la esquina de ese bar raro con luces azules y verdes en la fachada, la gente los miraba con desconfianza detrás de los vidrios polarizados. Rodrigo veía miradas huidizas, gestos que parecían esconder aprehensión, un miedo que movía un prematuro rencor en su alma de chico. Los gestos a bordo de los costosos autos eran esquivos, breves. Los rostros nunca miraban de frente en esa zona de Beccar. Parecían esmerarse por no mirar. Pero miraban, y con algo que Rodrigo presentía como algo muy similar al asco. 

Sin embargo su barrio, San Cayetano, estaba también en Beccar. Pero unas cuantas cuadras hacia el oeste. Allí los rostros miraban diferente; eran distintos. Muy distintos. 

—¿Volvemos?— Rodrigo estaba cansado. Y no tenía ganas de ver miradas sesgadas detrás de vidrios oscuros, a bordo de fríos autos importados. Quería miradas familiares, olor a comida filtrándose hacia la helada noche desde las casillas de madera y chapa, cumbias villeras sonando en algún lado, pero cerca, siempre cerca. 

—¿Volver? ¿Estás mal, vos? ¿Qué te pasa, maricón? Ni en pedo, en una noche así hay que meterle duro y parejo. Como en el boxeo. 

Doblaron. Por la avenida avanzaban los autos, rápidos y monótonos como los días, las noches, las semanas, los meses. La primera cuadra fue algo magra; la vereda de enfrente, sin embargo, prometía un poco más, aunque era difícil ver bien la basura a través del río de autos veloces. Caminaban en fila india, pegados a la hilera de autos estacionados junto al cordón. 

—¡No les des bola, Ro!— le gritaba el Laucha, desde atrás. Rodrigo caminaba con miedo, indeciso. –¡No seás boludo, vos seguí, no arrugués!— Rodrigo alzó una mano sucia, sin darse vuelta, con un gesto a mitad de camino entre el haber comprendido y el pedir que lo dejaran en paz. 

Llegaron a la esquina. El grito del Laucha fue como una orden en medio del fragor de la batalla. El estrépito del río de autos amainó un poco. Luz roja. 

—¡Crucemos ahora! 

Rodrigo pensó preguntarle al Laucha por qué si San Cayetano era un santo que daba laburo, su padre no lo tenía. No de mozo, al menos, que era lo que le gustaba de alma: veinte cuadras al sur, y en ese preciso instante, su padre cartoneaba en otro barrio, más peligroso, menos aconsejable para un chico de nueve años. ¿San Cayetano daría laburo a algunos sí y a otros no? ¿Rezaría, como su padre a San Cayetano, la gente que iba oculta tras los cristales de los autos? ¿Trabajaría esa gente de lo que le gustaba de alma? 

La avenida era ancha y ajena. El lapso de luz verde para peatones estaba calculado no en función de las necesidades de los peatones, sino de las urgencias de los autos. El hombrecito anaranjado comenzó a titilar cuando aún les faltaban una buena punta de metros para llegar a la vereda de enfrente. Rodrigo sintió que, esa vez, el hombrecito blanco había durado menos que lo usual. Se volvió; lanzó una mirada rápida y preocupada al Laucha. Éste miró el semáforo e, inmediatamente, hacia la amenazante hilera de autos que comenzaba a rugir exigiendo la luz verde, la avenida libre, la monótona velocidad de los días. El grito del Laucha sonó firme, pero despreocupado. 

—¡Dale, huevón! ¡Metele que no llegamos! 

Sucedió a pocos metros de la vereda. Un auto azul oscuro apareció súbitamente por la calle transversal y dobló por la avenida, buscando escapar de la luz roja que lo hubiera obligado a esperar el río de autos veloces. La frenada hizo un ruido idéntico al aullido de dolor de un perro y quedó marcada en el pavimento. El golpe fue brutal. El Laucha recibió el impacto del paragolpes justo a la altura de la rodilla izquierda, voló por un segundo cabeza abajo y, antes de caer doblado en el pavimento, golpeó sobre el capot. El parabrisas quedó astillado, el paragolpes (de plástico, con algo parecido a esponja por dentro) se quebró en el sitio del golpe, y el carro del Laucha quedó semidestruido, volcado cerca de él. 

Unos cuantos rollos de cartón, de un metro de largo, rodaban aún hacia el cordón cuando el tipo, canoso, se bajó del auto agarrándose la cabeza. El Laucha estuvo inmóvil durante unos cuantos segundos. Cuando reaccionó, no paraba de gritar y retorcerse como una lombriz, agarrándose la pierna. Rodrigo no atinó a hacer más que acercar su carrito al cordón y agacharse junto al Laucha. Todo sucedía como en cámara lenta, como en las películas. Por unos cuantos segundos nadie hizo nada. Luego aparecieron la policía, los patrulleros, los silbatos desviando el tráfico, los curiosos, los eternos testigos que nada vieron, la ambulancia y hasta la intensa luz de una cámara de televisión, enfocando por momentos al Laucha, tirado en el pavimento y llorando de dolor, y por momentos a un vecino que protestaba por el escaso tiempo que daba el semáforo a los peatones para cruzar la avenida, mientras otro le respondía que acá el problema son los cartoneros, qué tienen que venir a joder el tráfico acá, no son capaces ni de ponerle un ojo de gato al carrito, si a la noche ni los ves desde el auto. 

El Laucha sufrió fractura expuesta a la altura de la rodilla. La articulación se le hizo añicos. Rodrigo lo acompañó lo más que pudo durante esos días en el hospital. El dueño del auto les dio cien pesos, rogándoles que no le iniciaran una demanda, entiéndanme, chicos, no fue a propósito, además tengo problemas de trabajo. Rodrigo supuso que, quizás, ese tipo canoso también le rezaría a San Cayetano, aunque no entendía cómo un hombre con problemas de trabajo podía tener auto y darles cien pesos. 

—¿Vos entendés, Laucha? 

Pero el Laucha ya casi no hablaba, sólo estaba boca arriba, mirando fijamente el techo, con la pierna izquierda colgando de unos fierros. El médico había sido franco y directo ante la primera pregunta que pudo hacerle el Laucha, con lágrimas en los ojos. 

—No, pibe. Lo lamento, pero ya no vas a poder boxear. Te van a quedar secuelas permanentes al caminar. Pero agradecé que quedaste vivo. La sacaste barata. 

Cuatro años y tres meses después, el Laucha murió arrollado por un tren, cerca de la estación de Beccar. La autopsia reveló que en el momento del deceso estaba fuertemente drogado con vapores tóxicos emanados por la resina epoxi presente en ciertos pegamentos de reconocida marca, utilizados para pegar gomas, cueros, alfombras y láminas de fórmica, entre otras aplicaciones. 

Alejandro Marticorena 

24/06/04 

JUANJO Y EL TREN

January 17, 2006

 

 

 (A Juan José González)

 El tiempo arrasó el recuerdo, Juanjo, y también la memoria en el dolor de tus ojos… 

La locomotora se nos venía como una avalancha de hierros entre rojos y amarillos, y ese bramido imponente y la furia quemándosele por la chimenea, lanzando escupitajos diésel, mientras nosotros éramos dos hebras de ingenuidad en la inmensidad de la vía, en la inconsciencia del peligro, jodiendo a la muerte con desparpajo infantil, Juanjo; y apurate, boludo, apurate que no llegamos, la escalera se extendía hacia arriba rígida y salvadora con sus peldaños marineros, escalera marinera hecha con algunos fierros ferroviarios, Juanjo, movete que nos hace mierda, y el bramido de la bocina, el maquinista que echaría fuego por los ojos al vernos allí, infantiles y estúpidos en el medio de la vía desafiando al peligro que se nos abalanzaba decidido, esperate un poco más, no seas cagón, hasta que de pronto un “¡Ya!”, un salto, dos velocidades felinas trepando por la destartalada escalerilla vertical, marinera y ferroviaria que nos permitiría subir más alto que la locomotora, hasta arriba, hasta la tranquilidad del refugio que tantas veces hicimos y deshicimos con cajones de fruta y enredaderas llenas de flores campanilla allí, en ese lugar que hoy también existe pero ya sin vida, sin cajones de fruta ni enredaderas con campanillas, sin vida y sin infancia, Juanjo; y dale, bolas, qué te pasa, ahí viene, por qué no te movés, y se me enganchó el pie, Juanjo, ayudame, ayudame; su mano firme y segura destraba mi pie enganchado en el terror, su mano segura que me libera del miedo y me empuja hacia arriba, hacia el cielo y las nubes claras, hacia el refugio y la salvación de esa locomotora feroz que buscaba mordernos los tobillos con sus gritos graves como truenos, con sus chisporroteos de ira como demonios, hasta que lo único que queda entre la locomotora y nosotros, lo único restante entre la vida y la muerte es llegar hasta arriba, hasta el final de la escalerilla y lanzarse ambos hacia adelante en el exacto momento en que la mole infernal y estruendosa se lleva de un zarpazo el fantasma reciente de nuestras dos ternuras valerosas atrapadas en el medio de la infancia, cuando después es sólo quedar tendidos boca arriba escuchando el traquetear de los vagones mientras el miedo nos zapatea en el corazón haciéndonos jadear terriblemente, haciéndonos pegotear de sudor entre las campanillas y las enredaderas mientras nubes inmensamente blancas se mueven lentamente por el cielo como majestuosos témpanos aéreos, a la vez que pasa el último vagón y se nos inunda la excitación de silencio, un silencio pesado como eso que nos hace quedar quietos boca arriba, un silencio denso como ese miedo en el que estuvimos sumergidos y que recién ahora se nos escurre como una oscura gelatina que nos tapa un poco los oídos y la garganta… 

–Mañana, ¿la hacemos de nuevo?– y tu mirada profunda, Juanjo, intrépidamente ingenua, derrochando una valentía como de juguete, aprendiendo, como si lo supieras desde siempre, a jugar y a ganar por goleada en el brutal y hermoso partido de la vida, aprendiendo, como si tuvieras un talento nato, a hacerle las más lujosas y exquisitas gambetas al dolor, a la ausencia, a la muerte; sí, Juanjo, siempre más piola que yo, siempre más ganador, más valiente, siempre buscando nuevos desafíos, nuevas aventuras que finalmente siempre me arrastraban detrás tuyo como a un vagón, como a los vagones que seguían a la locomotora que pasó, esos mismos vagones que necesitan ser llevados pero que, cuando decide frenar, son los que empujan a aquella para que siga adelante, y en ese juego de locomotora y vagón, Juanjo, nos dábamos ánimos mutuamente para crear aventuras, para afrontar los desafíos que nosotros mismos nos proponíamos, yo necesitaba que me arrastraras pero después te impedía frenar si te agarraba miedo; y sí, Juanjo, es cierto, qué lejos ha quedado todo aquello, cuánta noche en el tiempo, hermano, cuánta distancia absurda que en una de ésas nos tiene atrapados en la misma ciudad, Juanjo; y qué será de vos, hermanito, no sabés con qué cariño te recuerdo, Juanjo, negro, hermanito, compañero de la inocencia, no sabés cómo te recuerdo, a pesar de que la enredadera se haya secado, a pesar de que el tiempo haya arrasado la infancia… 

Alejandro Marticorena 

1988 

EL TANGO ME CAGÓ

January 13, 2006

Él sabía que iba a sentir esa inyección de vacío cuando ella tocara el portero eléctrico. Fue como si toda la tristeza de ese viernes a las siete de la tarde se enredara en los techos desvalidos del centro, esos que veía a través de la ventana. Y aunque se le enfrió la piel por dentro no podía volver atrás. Estaba perdido. Como cuando era chico y se soltó de la mano de su mamá y ya no supo dónde quedaba su casa. Ahora no sabía qué mano había soltado pero sabía dónde quedaba su casa y quiénes estaban allí esperándolo. Pero igual la había llamado y ella subía por el ascensor. Lo único que le faltaba en ese momento era que sonara un tango. Y eso fue lo que pasó.

Porque en uno de los huecos de ese descascarado edificio de oficinas alguien encendió una radio y comenzó a flotar un tango. Ese edificio donde él pasaba inmensas y desiertas tardes solo, preparando informes para que abogados más conocidos que él, se lucieran ante sus clientes. Desde alguna radio perdida en ese edificio se le coló la voz de una mujer cantando: “Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias”…

Mientras, el chillido del mecanismo cansado del ascensor que la traía a ella, tapaba el fraseo del gangoso bandoneón como en un grotesco contrapunto. Hasta que el feroz golpe en la sala de máquinas indicó que el ascensor había terminado su viaje. Y aunque ya estaba acostumbrado a ese ruido esta vez lo sobresaltó. Es que a esa hora los pasillos están tan solos que todos los ruidos se agigantan.

Cuando ella tocó el timbre intentó sacudirse de esa música tristona. Pero no lo logró. Quiso tener música en aerosol. Como si fuera desodorante. Pero no. La mujer seguía cantando: “Uno va arrastrándose entre espinas / y en su afán de dar su amor, / sufre y se destroza hasta entender / que uno se ha quedao sin corazón…”.

Los golpes en la puerta lo devolvieron a la realidad de ese viernes, con el cielo partiéndose en azules increíbles mientras ahí adentro, el gris había largado sus ratones furiosos a roer todo lo posible.

Fue en ese momento en que la imagen de ella, detrás del vidrio esmerilado, le desmoronó la fantasía que se había fabricado para tapar vaya a saber qué agujero.

La mujer resoplaba, fastidiada. Tal vez sospechaba que ese llamado había sido una broma. Era lo mejor que le podía pasar porque lo peor…

Cuando él abrió la puerta vio sus párpados pintarrajeados y una mirada de conejo asustado. Ella quien sabe lo que vio en él porque en seguida se recompuso y lo miró profesionalmente.

– ¿No me vas a hacer pasar? –le dijo.

– No -dijo él sin saber que iba a responder eso.

– ¿Puede ser que hoy me toquen todos locos a mi? – dijo ella que no era ni linda ni fea sino una mujer traqueteada por la vida.

– No te pongas mal. No es por vos, es por mí. ¿Cuánto te debo?

En ese momento se apagó la luz del pasillo y él respiró aliviado. Porque si seguía adivinando el vacío y el miedo que había en los ojos de ella iba a terminar haciéndola pasar y ahí adentro entre los dos iban a hacer un pozo ciego. Sobre todo porque tras la ventana se adivinaba la desesperación del viernes cuando el reloj le clava las siete de la tarde.

Cuando salió a la calle sintió que había empezado a recuperar el calor de la piel. Antes de tomar el colectivo compró una caja de bombones para Elisa. Luego pensó en qué le iba a decir al gordo Elizeire cuando le pregunte por la mina que le había mandado. Y aunque en otro momento le hubiera mentido ahora no. Porque se sintió más grande, como si hubiera subido un piso más en su vida. Claro que no iba a entender que le dijera: “Elisa y los chicos me esperaban”.Entonces, se le ocurrió decirle: “Mirá Gordo, todo muy lindo pero el tango me cagó”. Lo que tampoco iba a ser una mentira.

 

Eduardo Betas


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