January 17, 2006

Mastico mi amargura como un sudor estúpido
gente vibrando a mi alrededor como muertes
palabras que pasan frente a mi ira
soledades que se tragan en vos mi odio
mi amor que enfurece las olas del pasado
pesar que lame como un perro mi mano más traidora

replegué mis ejércitos mientras vos llorabas
ida de mí salvada de mi afecto
a resguardo de mi caricia de mármol

tarde que se arrastra soleada soledada

soledad

de saberme tan aquí como te quiero
te aquieto entre mis alas entre mi sal
mi sol mi solcito de invierno de este
infierno que me roe despacio despacio el adentro

nunca es más nunca más
porque a veces te recostás contra mi siempre
cuerpo que enterraré una mañana gris
cuando a tus manos lluevan las cosas
que nunca te dije

palabras palabras palabras inútiles
cuando aprieto fuerte la birome contra el papel
cuando aprieto fuerte los dientes contra tu piel
cuando aprieto fuerte el gatillo contra el olvido

y entonces puedo recordarme con algo de dignidad

Alejandro Marticorena
02/08/04
Café “El Olmo”

 

January 17, 2006

No voy a detenerme
abriré de par en par
las puertas del cielo

bajarás a mis manos
como una lluvia clara
aguas que escurrirán despacio
y olvidarán tu más próximo calor

no voy a morirme
sin antes haber luchado a muerte
contra las desgracias que
ríen en tu sangre

llorarán los perros de la memoria
con ríos de tinta que
escribirán mi epitafio
más noble

no voy a matarte
para eso tengo las espadas del alba
latigazos de luz que abrirán
tu carne oscura
bajo esas dentelladas de hielo
con que supe acunarte
ayer

Alejandro Marticorena
02/10/05
Bar “Puerta del Sol”

La mosca y el pan

January 17, 2006

La mosca se posa sobre el mantel
camina eléctricamente
va directo hacia un pedazo de pan

el pedazo de pan la observa
indefenso 

la mosca se acerca
seguramente desea comer
su trompa se posará
comenzará a segregar ese líquido
disolverá de a poco la materia fragante
esponjosa marrón claro

el pan se irá consumiendo
lentamente
y yo no haré nada para evitarlo

pero la mosca se acerca
más y más
sus ojos facetados deben percibir mil panes

el pan
que la observaba indefenso ahora
me observa a mí
parece pedirme ayuda

yo reflexiono acerca del absurdo
de ayudar a un pedazo de pan
para no ser disuelto por una mosca
conjeturo la inutilidad de mi auxilio porque
los ojos múltiples del pan deberían saber que
existen mil moscas dispuestas
a saborearlo

la mosca
mientras tanto
ya casi se posó sobre el pan

sin saber por qué
casi sin advertirlo
mi brazo sobrevuela de pronto
el pan la mosca el mantel

el insecto huye asustado y no vuelve ya no vuelve
yo siento de pronto
la gratitud del pan

y sé que por una vez en el Universo
alguien hizo justicia

Alejandro Marticorena
29/05/05
Café “Bon Tempo” 

January 17, 2006

come recuerdos
y de tanto recordar

habla lágrimas

come llantos
y de tanto llorar

bebe tiempo

come relojes
y de tanto esperar

olvida

Alejandro Marticorena
17/05/03
Café El Clavel

Huesos

January 17, 2006

Qué dirán mis huesos

los encontrará un paleontólogo
escarbará paciente con su escobilla y
meditará profundamente
verá mi risa descarnada burlándose del cielo
verá mis fémures mis tibias mis
peronés
mis costillas jaulas de oro y ceniza
vacuas
desde donde mi corazón habrá alzado vuelo

paloma gorrión cóndor en busca
de tu caricia de plata
luna que se me escapa entre los dedos entre los metatarsos
falanges falangines y falangetas
húmeros clavículas y toda
mi osamenta en concierto mientras el tipo
el paleontólogo digo
medirá
me dirá en una de ésas
“vaya osamenta amigo”
o “¡pero vea usted qué bonito esternón su cráneo dará para
ilustrar concupiscentemente mis clases”
alumnos pajaritos piarán de interés académico picotearán
mi cráneo
pelota mundo vacío casquete polar donde
algún día
estuviste
como ave de calor y calma

pero lástima
(y lastima)
la fría dureza de mis
huesitos
desparramados desiertos luego del paso de tu último
huracán

Alejandro Marticorena
30/11/04

La patria

January 17, 2006

Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.


Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.


Pobres negros.


Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.


Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes
primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.


Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.


Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.


Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.


Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.


Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.


Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.


La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.


Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.


Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

Julio Cortázar
Extraído de “La vuelta al día en ochenta mundos” de Julio Cortázar, publicado en 1967 por Siglo XXI. ©

BALANCE

January 17, 2006

La mañana era espléndida. 

Desde el décimo piso, la ciudad, extendiéndose enorme, inalcanzable, absurda. 

Edificios. Antenas. Smog. 

Y hacia arriba, el sol. El azul. El cielo. El infinito. Infinito, como su ahogo esa mañana, a esa hora. El reloj sucio junto a su muñeca cansada: 9:30 A.M. 

Volvió a apoyar su mano oscura de caricias en la baranda del balcón. Sentía ganas de un discurso. A la gente, allá abajo, cansada, apurada, absurda y tonta. 

Pero mejor no. Había tanto por crear. Decidió alzar el rostro. El sol lo abofeteó con besos quemantes. Sudó. Aspiró hondo. Los recovecos del pasado se inflamaron con la bocanada de aire rancio. Pero la ciudad, allá abajo, indiferente y ajena. Como dinero robado. Había tanto por crear. Se necesitaba demasiado para creer. 

Sudaba. Se arrancó la camisa-pijama. El fuego matutino lo envolvió con sedas de infierno. Sería mejor sacarse también los cortos pantalones olorosos. Sopló una brisa caliente. Como hirviendo, y una lágrima absurda le rodó hasta la comisura de la boca. Se preguntó el para qué de todo, el dónde de alguien, el por qué de sí. A lo lejos, el río de automóviles danzaba su arrastrosa situación estresada. Subió con la nube que ocultó el fogoso aliento solar por un minuto, y contó nuevamente las caricias. 

Cuando el sol volvió a aparecer, ardió, retorciéndose en una oración brusca, en una búsqueda ácida, en un ruego infortunado, en un ascenso vertiginoso. Se liberó un rato de las miradas que lo buscaban y sintió algo de paz. 

El balcón se humedeció, y se tornó amable. Se elevó. Despacio, cerró los ojos. Se aflojó en la inmensidad tosca, matutina y ciudadana. El balcón del décimo. Alguien gritaba. Pero suficientemente lejos. Sintió fresco. Viento. Alguien gritaba. 

Se fue aflojando. Volviéndose. Durmiéndose. Nadando. Soñando. Viviendo. 

Cayendo. 

 

Alejandro Marticorena 

13/2/88 

DESTIEMPOS

January 17, 2006

El hombre camina absorto por la calle oscura. Entrada la noche, sólo el recuerdo de los olores cálidos de la cena y de la voz de su hijo lo empujan a su casa y consiguen ganar la batalla que el cansancio había estado a punto de torcer hacia su lado, reteniéndolo extenuado en aquel mugroso banco de plaza. 

No hace frío, pero el hombre lleva las solapas del sobretodo levantadas. Camina sin la consciencia que en los días de lluvia ayuda a evitar charcos y baldosas flojas. Camina sin apuro pero sin demora. Camina casi sintiendo los olores de la cena; la voz de su hijo. 

A media cuadra de su casa, la barrera del tren y el sonido cantarín de la campanilla lo obligan a sacudirse eso que lejanamente podría asemejarse a la modorra. Se detiene junto a las vías, observándolas con un dejo de inhumanidad, posando sus ojos sobre la doble cinta de metal brillante como quien ya no espera nada. 

Entonces, algo indefinido lo hace levantar la vista. Y del otro lado de las vías se ve a sí mismo de pie, junto a su hijo. Ambos observan en dirección a los ruidos que presagian el próximo paso del tren. 

El hombre los observa fijamente. Su primera (y única) reacción no llega a ser asombro. Tampoco espanto. Los observa como quien estudia el resultado de una compleja ecuación. Prefiere pensar que el tren está a punto de pasar y que, tras su estrepitosa furia, las dos siluetas habrán desaparecido, junto con el tren, a la saga del viento. 

El tren completa su furioso paso de ocho vagones. Sin embargo, las dos siluetas están aún allí. Permanecen. Y ahora lo miran. El hombre no alcanza a ver sus ojos; la distancia no es el impedimento pero las luces tuercen la claridad por detrás de las miradas que no ve, pero observa. 

Bruscamente, el hombre advierte que es demasiado tarde. 

Ensaya unos pasos dubitativos hacia las dos siluetas inmóviles. Camina sin la consciencia que en los días de lluvia ayuda a evitar charcos y baldosas flojas. Camina sin apuro pero sin demora; la voz de su hijo es ahora un fantasma que lo convence más que el hambre, que el olor de una cena imprecisa. Los segundos se desangran en la calle oscura, y la inútil sensación del destiempo que se apoderó de su alma le impide advertir el tren que se acerca desde el lado opuesto. 

La bocina suena desesperada, tarde, irremediable. 

 

 

Alejandro Marticorena

19/7/2002 

LOS SOSÍAS

January 17, 2006

Luis entra a un comercio de venta de especias con la idea de adquirir un poco de tomillo y estragón, y un frasco de nuez moscada, de ésos apenas más grandes que un dedal.

El ámbito que lo recibe –un pequeño local, atestado de mercadería— está lleno de gente, y casi no hay espacio para moverse. Un largo mostrador se extiende como una suerte de columna vertebral del negocio que, a la sazón, parece más un pasillo sin salida que un local de venta de especias para cocina. 

Sin embargo, el silencio del sitio es casi sepulcral, roto apenas por los breves comentarios o acotaciones de las dos vendedoras que atienden al numeroso público (numeroso al menos para las dimensiones del local), y por los sonidos metálicamente rítmicos de la antigua caja registradora, ubicada en el extremo final del mostrador, al fondo del negocio. 

Luis, quien tiene algo más de cincuenta años de edad, se siente cansado, aunque ésa es la primera actividad de su día. De cualquier manera, se siente a la vez reconfortado por el intenso y penetrante aroma de las numerosas especias que allí se venden. Un olor dulzón, aunque picante y con reminiscencias algo agrias, exacerba su bulbo olfatorio trayéndole recuerdos de la infancia. 

En eso está –en los recuerdos de su infancia- cuando cree advertir la presencia de un rostro conocido. Sin sorpresa alguna toma súbitamente consciencia de que a dos metros de distancia está Gustavo, un amigo de la primaria al que nunca volvió a ver desde esa época. Pero el punto es que Luis lo ve tal como era cuando ambos tenían siete años. 

“Justo que me estaba acordando de mi infancia –piensa Luis— veo un pibe idéntico a Gustavo. O sea que la psicología humana –continúa— es como un complicado laberinto que influye a tal punto en las percepciones que las adapta a pensamientos o recuerdos, o a pensamientos sobre los recuerdos”. 

Luis sigue observando a Gustavo –que obviamente no debe ser Gustavo, sino un nene bastante parecido— y, otra vez sin sorpresa alguna, piensa en la notable sinonimia facial que los emparenta. Hasta ese mechón de pelo blanco cerca de la patilla derecha, por cierto. Luis lamenta no tener a mano una foto de la primaria (cualquiera, ya que en casi todas aparecían juntos) para comparar a ambos pibes. “Si yo creyese en brujerías pensaría que me acaban de hacer saltar hacia atrás en el tiempo”, piensa Luis, mientras una de las vendedoras le habla a la persona que acompaña a Gustavo. En eso, Luis mira al adulto que lo lleva de la mano. Es una mujer y, también en este caso, es sorprendentemente parecida a la madre (o al recuerdo que Luis tiene de la madre) de Gustavo. 

Si bien a estas alturas parecería que las coincidencias son demasiadas, Luis prefiere discurrir –sin sorpresa alguna— en torno a reflexiones varias, relacionadas con la estadística y las probabilidades de que, cuarenta y tantos años después, la genética humana reprodujese con notable exactitud los sosías de su amigo de la infancia y de su madre, en un mismo movimiento y por el mismo precio. O bien –como pensó Luis un par de minutos después, precisamente cuando Gustavo y su mamá se dirigían hacia el fondo del local para pagar— “mi percepción se halla condicionada por mis pensamientos recientes, que giraban en torno a mi infancia, sus sinsabores y, por qué no, sus alegrías”. 

“Y es lógico en ese contexto –se dijo a sí mismo—que yo crea ver en un pibe y en una señora el notable parecido con Gustavo y su encantadora madre. Es como cuando hace mucho tiempo que no vemos a alguien y, súbitamente, creemos cruzar a esa persona en la calle. Nos acercamos, casi seguros de saber quién es, pero recién cuando estamos apenas a un par de metros advertimos de pronto, con algo de vergüenza, que no es esa persona, sino alguien notablemente parecido, o que sencillamente a nosotros se nos hace parecido”. 

“Y es que el tiempo –continuó diciéndose a sí mismo Luis—va borrando en nuestra memoria los rasgos más finos y sutiles que distinguen a una persona de otra, y seguramente por eso los rasgos más burdos y evidentes nos inducen a veces a la confusión. Y en la zona gris que hace posible la confusión se ponen en marcha, seguramente, esos mecanismos de la psicología por los que vemos aquello que deseamos (o tememos) ver”. 

“Algo parecido pero a la inversa sucede quizás cuando conocemos un grupo de personas: suele pasar que dos tipos (o dos mujeres, lo mismo da) nos parecen sumamente parecidos, aunque a medida que va transcurriendo el tiempo y vamos profundizando la relación con cada integrante del grupo, llegamos a plantearnos cómo fue posible que fulano y mengano nos pareciesen tan idénticos, si en realidad no tienen nada que ver el uno con el otro.” 

En estos devaneos está Luis cuando un súbito cambio en la expresión y en el tono de voz de la empleada lo hacen volver a la realidad del tomillo, el estragón, el frasco de nuez moscada y la caja al fondo, señor, gracias por su compra. 

Gustavo y su mamá –aunque Luis sabe que no son, no pueden ser, Gustavo y su mamá— se han ido del negocio. Entonces se abre paso entre la gente y las bolsas con granos de pimienta negra y sal gruesa que parecen indicar el camino hacia la caja. Paga, y sale a la calle, sin abandonar un segundo las reflexiones relacionadas con Gustavo y su madre o, mejor dicho, con los notables parecidos entre Gustavo y su madre y las dos personas que acaba de ver en el negocio de venta de especias para cocina. 

Tan absorto va Luis que, cuando llega a la esquina y cruza la calle, no escucha ni alcanza a ver al camión Bedford modelo ’53 que no puede frenar a tiempo y lo arrolla. 

Luis muere en el acto, y una señora que acaba de presenciar el accidente alcanza a ver, antes de desmayarse, cómo un pequeño frasco de nuez moscada va rodando a los tumbos entre los adoquines, hasta chocar contra el cordón de la vereda. 

Una lástima. Si Luis hubiese conseguido cruzar la calle y llegar hasta el kiosco de diarios de la acera opuesta, como era su idea, hubiese comprado el Clarín y, seguramente con bastante sorpresa esta vez, hubiese visto que se trataba de un ejemplar del 20 de mayo de 1955 que, entre otros títulos de tapa, anunciaba un creciente malestar en las Fuerzas Armadas. 

Alejandro Marticorena

19/2/2001 

SAN CAYETANO

January 17, 2006

—¿Quién es San Cayetano, Laucha? 

—¿Qué? ¿No sabés? Un santo que da laburo. 

Rodrigo se quedó pensando un rato mientras los dos empujaban sus carros de cartonero calle arriba. Caminaban en silencio, acompañados sólo por el rechinar desvencijado y herrumbroso de las ruedas. La noche de Beccar era húmeda y fría. No había mucho tráfico –por suerte— y parecía haber más basura que nunca. Pero ellos no se fijaban en el olor. Ni en los vidrios rotos o las manos desnudas. No. Porque más basura era más cartones, unos pesos más, más comida para la casa. Mucha basura era una buena noticia. Rodrigo tenía nueve años; el Laucha, once. 

—¿Mañana vas a entrenar? 

—Obvio, fierita, ¿qué te pasa? Hay que meterle duro y parejo. Todos los días. Ya te dije –advirtió el Laucha— que alguna vez me vas a ver en la tele. Voy a reventar el Luna Park. Y de ahí no paro. Voy a ser campeón del mundo. Imaginate: el Héctor “Laucha” Acosta, campeón del mundo de peso mosca. 

—¿Y cómo sabés que vas a ser mosca si sos pendejo todavía? Podés ser peso pesado. 

El Laucha le dirigió una sonrisa filosa. 

—¿No ves que sos huevón? Porque me lo dijo el Tizu, mi entrenador. Me dijo “pibe, vas a ser un peso mosca, pero mirá que tenés más futuro que Monzón, haceme caso y no hagás boludeces: entrená que la vas a romper. Y cortala con el pegamento y la birra, eso te va a matar” Y tiene razón. Me cuesta un huevo, pero estoy zafando. 

 

El cargamento pintaba lindo esa noche. Los dos carros –el del Laucha era más grande— desbordaban. Y eso que todavía no habían llegado a la avenida. Pero a Rodrigo no le gustaba la avenida. Pasaban muchos autos, demasiados, y rápido. Y cuando los detenía el semáforo, en la esquina de ese bar raro con luces azules y verdes en la fachada, la gente los miraba con desconfianza detrás de los vidrios polarizados. Rodrigo veía miradas huidizas, gestos que parecían esconder aprehensión, un miedo que movía un prematuro rencor en su alma de chico. Los gestos a bordo de los costosos autos eran esquivos, breves. Los rostros nunca miraban de frente en esa zona de Beccar. Parecían esmerarse por no mirar. Pero miraban, y con algo que Rodrigo presentía como algo muy similar al asco. 

Sin embargo su barrio, San Cayetano, estaba también en Beccar. Pero unas cuantas cuadras hacia el oeste. Allí los rostros miraban diferente; eran distintos. Muy distintos. 

—¿Volvemos?— Rodrigo estaba cansado. Y no tenía ganas de ver miradas sesgadas detrás de vidrios oscuros, a bordo de fríos autos importados. Quería miradas familiares, olor a comida filtrándose hacia la helada noche desde las casillas de madera y chapa, cumbias villeras sonando en algún lado, pero cerca, siempre cerca. 

—¿Volver? ¿Estás mal, vos? ¿Qué te pasa, maricón? Ni en pedo, en una noche así hay que meterle duro y parejo. Como en el boxeo. 

Doblaron. Por la avenida avanzaban los autos, rápidos y monótonos como los días, las noches, las semanas, los meses. La primera cuadra fue algo magra; la vereda de enfrente, sin embargo, prometía un poco más, aunque era difícil ver bien la basura a través del río de autos veloces. Caminaban en fila india, pegados a la hilera de autos estacionados junto al cordón. 

—¡No les des bola, Ro!— le gritaba el Laucha, desde atrás. Rodrigo caminaba con miedo, indeciso. –¡No seás boludo, vos seguí, no arrugués!— Rodrigo alzó una mano sucia, sin darse vuelta, con un gesto a mitad de camino entre el haber comprendido y el pedir que lo dejaran en paz. 

Llegaron a la esquina. El grito del Laucha fue como una orden en medio del fragor de la batalla. El estrépito del río de autos amainó un poco. Luz roja. 

—¡Crucemos ahora! 

Rodrigo pensó preguntarle al Laucha por qué si San Cayetano era un santo que daba laburo, su padre no lo tenía. No de mozo, al menos, que era lo que le gustaba de alma: veinte cuadras al sur, y en ese preciso instante, su padre cartoneaba en otro barrio, más peligroso, menos aconsejable para un chico de nueve años. ¿San Cayetano daría laburo a algunos sí y a otros no? ¿Rezaría, como su padre a San Cayetano, la gente que iba oculta tras los cristales de los autos? ¿Trabajaría esa gente de lo que le gustaba de alma? 

La avenida era ancha y ajena. El lapso de luz verde para peatones estaba calculado no en función de las necesidades de los peatones, sino de las urgencias de los autos. El hombrecito anaranjado comenzó a titilar cuando aún les faltaban una buena punta de metros para llegar a la vereda de enfrente. Rodrigo sintió que, esa vez, el hombrecito blanco había durado menos que lo usual. Se volvió; lanzó una mirada rápida y preocupada al Laucha. Éste miró el semáforo e, inmediatamente, hacia la amenazante hilera de autos que comenzaba a rugir exigiendo la luz verde, la avenida libre, la monótona velocidad de los días. El grito del Laucha sonó firme, pero despreocupado. 

—¡Dale, huevón! ¡Metele que no llegamos! 

Sucedió a pocos metros de la vereda. Un auto azul oscuro apareció súbitamente por la calle transversal y dobló por la avenida, buscando escapar de la luz roja que lo hubiera obligado a esperar el río de autos veloces. La frenada hizo un ruido idéntico al aullido de dolor de un perro y quedó marcada en el pavimento. El golpe fue brutal. El Laucha recibió el impacto del paragolpes justo a la altura de la rodilla izquierda, voló por un segundo cabeza abajo y, antes de caer doblado en el pavimento, golpeó sobre el capot. El parabrisas quedó astillado, el paragolpes (de plástico, con algo parecido a esponja por dentro) se quebró en el sitio del golpe, y el carro del Laucha quedó semidestruido, volcado cerca de él. 

Unos cuantos rollos de cartón, de un metro de largo, rodaban aún hacia el cordón cuando el tipo, canoso, se bajó del auto agarrándose la cabeza. El Laucha estuvo inmóvil durante unos cuantos segundos. Cuando reaccionó, no paraba de gritar y retorcerse como una lombriz, agarrándose la pierna. Rodrigo no atinó a hacer más que acercar su carrito al cordón y agacharse junto al Laucha. Todo sucedía como en cámara lenta, como en las películas. Por unos cuantos segundos nadie hizo nada. Luego aparecieron la policía, los patrulleros, los silbatos desviando el tráfico, los curiosos, los eternos testigos que nada vieron, la ambulancia y hasta la intensa luz de una cámara de televisión, enfocando por momentos al Laucha, tirado en el pavimento y llorando de dolor, y por momentos a un vecino que protestaba por el escaso tiempo que daba el semáforo a los peatones para cruzar la avenida, mientras otro le respondía que acá el problema son los cartoneros, qué tienen que venir a joder el tráfico acá, no son capaces ni de ponerle un ojo de gato al carrito, si a la noche ni los ves desde el auto. 

El Laucha sufrió fractura expuesta a la altura de la rodilla. La articulación se le hizo añicos. Rodrigo lo acompañó lo más que pudo durante esos días en el hospital. El dueño del auto les dio cien pesos, rogándoles que no le iniciaran una demanda, entiéndanme, chicos, no fue a propósito, además tengo problemas de trabajo. Rodrigo supuso que, quizás, ese tipo canoso también le rezaría a San Cayetano, aunque no entendía cómo un hombre con problemas de trabajo podía tener auto y darles cien pesos. 

—¿Vos entendés, Laucha? 

Pero el Laucha ya casi no hablaba, sólo estaba boca arriba, mirando fijamente el techo, con la pierna izquierda colgando de unos fierros. El médico había sido franco y directo ante la primera pregunta que pudo hacerle el Laucha, con lágrimas en los ojos. 

—No, pibe. Lo lamento, pero ya no vas a poder boxear. Te van a quedar secuelas permanentes al caminar. Pero agradecé que quedaste vivo. La sacaste barata. 

Cuatro años y tres meses después, el Laucha murió arrollado por un tren, cerca de la estación de Beccar. La autopsia reveló que en el momento del deceso estaba fuertemente drogado con vapores tóxicos emanados por la resina epoxi presente en ciertos pegamentos de reconocida marca, utilizados para pegar gomas, cueros, alfombras y láminas de fórmica, entre otras aplicaciones. 

Alejandro Marticorena 

24/06/04 


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